El Hombre Viejo en Recuperación

     Supongo que siempre he sido alcohólico. Al menos, siempre he bebido alcohol. Cuando era un bebé, mi madre solía poner unas gotitas de whisky en una botella de agua tibia y dármela para beber. Desde aquel entonces han pasado muchísimos años.

     Ya de joven, abandoné la escuela y conseguí un empleo como conductor y cobrador de un coche de caballos. En aquel tiempo, seis boletos costaban un cuarto de dólar, lo mismo que un cuarto de litro de whisky. Cada día me enfrentaba a una difícil decisión: ¿Debo embolsarme el primer cuarto, o el segundo? En los días buenos, asignaba el primero a la compañía y esperaba a vender una docena antes de pararme en el bar. Los días malos, me guardaba el primero.

     De todos modos, el servicio se suspendía mientras estaba en el bar. A los caballos no les molestaba esperar, y los pasajeros no me importaban un bledo. A la compañía, sin embargo, sí le importaba y, pasado un tiempo, designó a uno de sus investigadores para descubrirme. Nunca me descubrieron. Me fui yo antes.

     A partir de entonces, fui de capa caída, pidiendo limosna y bebiendo. Podía poner los ojos completos en blanco. Todos se apiadaban de un ciego, especialmente uno tan joven como yo, así que conseguía el suficiente dinero para beber. Pero un día, dejé caer una moneda que una mujer me había dado, y corrí directamente al lugar donde había rodado. Ella se dio cuenta y se puso a llamar a gritos a la policía. Seguí corriendo y cogí el siguiente tren que salía del pueblo. En la ciudad donde llegué, vivía y bebía en uno de los barrios bajos, durmiendo en posadas de mala muerte, en los portales, en las cárceles.

     Al llegar a los veinte años de edad, me decidí por alguna razón a trabajar. Así es que conseguí un empleo en los ferrocarriles, donde seguí trabajando hasta jubilarme a la edad de 73 años. Trabajaba como revisor de cargos. Una vez que me encerraba en el furgón de cola, nadie me podía ver ni saber lo que estaba haciendo. Y lo que hacía, la mayoría de las veces, era beber. Bebía todo tipo de alcohol: whisky, ginebra, oporto, moscatel, líquido de embalsamar, fluido en lata, etc. Las llagas ya han desaparecido, pero todavía tengo las cicatrices.

     No sé cuántas veces en mi vida me han arrestado — 30 ó 40 quizás. La primera vez fue por mendigar. Después de jubilarme, me arrestaron 17 veces por estar borracho. Tenía mi pensión de jubilado, y nada que hacer sino beber. Mi mujer había muerto. Mi hija casada no quería ni hablar conmigo. Vivía solo y sin amistades, a excepción de unos cuantos borrachos como yo.

     Cuando tenía 79 años, me arrestaron otra vez. Pero esta vez hubo una diferencia. El encargado de libertad condicional me preguntó si quería dejar de beber. Le dije que sí, y él se puso a hablarme acerca de Alcohólicos Anónimos, y del programa de rehabilitación del alcoholismo patrocinado por el Juzgado municipal. Me preguntó si quería probarlo y pensando que no tenía nada que perder, empecé a asistir a las reuniones que se celebraban en el palacio de justicia.

     Asistí a una reunión llevando escondido en mi bolsillo un cuarto de litro de vino. Un hombre de pelo canoso de nombre Jim dijo que era alcohólico y que había estado borracho durante mucho tiempo; pero que en A.A. había aprendido a dejar de beber y comenzar a vivir. Pidió que cualquiera que tuviera una pregunta la hiciera. Le pregunté si la organización esperaba que un hombre de 79 años, que había bebido durante toda su vida, podría dejar de beber sin más rodeos. Me replicó que él lo había hecho, y que yo también podía. Me dije que tal vez tuviera razón, así es que saqué la botella de mi bolsillo y se la di al hombre sentado a mi lado. Desde aquel momento, no he tomado un solo trago.

     Inmediatamente después de que empecé a asistir a las reuniones de A.A., me comenzaron a acontecer buenas cosas. La gente más agradable del mundo se convirtió en mis amigos. Son mis verdaderos hermanos y hermanas. Hace poco tiempo, en una reunión de A.A. sufrí un ataque al corazón. Me llevaron con toda rapidez al hospital y se quedaron conmigo y, aunque el médico me había dado por perdido, la amistad me salvó. Debo mi vida a esta gente. Y ahora me quiere mi hija, y puedo pasar tiempo con mis nietos y biznietos.

     Los años pasan —un día a la vez— y supongo que no me queda mucho tiempo. Pero no me importa. Lo más importante es que quiero morirme sobrio. Mientras tanto, me esfuerzo por ayudar a la gente más joven a encontrar la sobriedad y la felicidad como he hecho yo. Les digo: "Si yo puedo hacerlo, ustedes también pueden."

Me llamo Luis y soy alcohólico

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