El Juzgado

     Mi carrera alcohólica comenzó desde muy temprana edad. Contaba sólo siete u ocho años, cuando en un diciembre, festejando el nacimiento del "niño Dios", nuestro padre, un humilde y honrado campesino, nos permitió tomar algunas copas de etílico. Esto se convertiría después en la razón de mi existencia, la idolatría de mi vida, en algo completamente superior a todas mis fuerzas y a todo humano razonamiento: el alcohol en su manifestación como el "divino aguardiente".

     Sí, aquella noche en diciembre probé por vez primera el alcohol. Cuál sería mi propia sorpresa al verme ingiriendo al otro día la misma embriagadora bebida, obviamente en forma oculta, pues temía a la reacción que pudiera desencadenarse en mis padres y hermanos mayores. Debo reconocer que, desde aquella lejana época, mis sentimientos de orgullo y mi gran complejo de superioridad no tenían ningun límite. Este orgullo y este complejo se acrecentaban a medida que continuaba ingiriendo alcohol. La bebida tenía lugar en forma espaciada por cuanto el medio en donde se desarrollaba mi existencia y las condiciones precarias de nuestra economía, no permitían que fuera más continua. Sin embargo en el fondo de mi alma y de mi ser abrigaba la esperanza de poder darle rienda suelta a mi enloquecedora sed por el alcohol.

     Vino posteriormente mi encuentro con la ciudad, y con ello el conocimiento y el embrujo que traen aparejadas la vida ciudadana: nuevos amigos, nuevos parientes, nuevos enfoques, y, pese a mi corta edad, nuevas y por qué no decirlo, agradables borracheras que, en algunas oportunidades, se prolongaban por uno o dos dias. Afortunadamente para mi carrera alcohólica contaba con el apoyo de varios parientes quienes se enorgullecían de tener dentro de su parentela a un ejemplar que como yo, muchas veces los derrotaba en el aguante del etílico que continuaba siendo el aguardiente.

     Terminé mis primeros años de estudio, esto es, la primera etapa de los cinco años primarios. Vino el bachillerato y con ello el aceleramiento de mi carrera alcohólico, a un ritmo vertiginoso. En mi condición de bebedor fuerte y aguantado no había en el bachillerato quie'n siguiera la carrera que yo llevaba; dentro del círculo de estudiantes yo gozaba de ser el mejor en cuanto a la ingestión de bebidas espirituosas se tratara. Eso naturalmente inflaba mi orgullo y me invitaba a continuer en lo que estaba, esto es, ingiriendo alcohol. Recuerdo hoy, que mis tres últimos años de bachillerato estuvieron a punto de fracasar. Mis ausencias eran continues hasta al punto que yo no supe nunca en esos años lo que era asistir un día lunes a clase, pues lo dedicaba a terminar mi farra de fin de semana que comenzaba el viernes en la noche. Recuerdo con gracia que habiendo terminado el bachillerato, un arnigo mío y yo nos dirigimos hasta el santuario de Girardota, a pie, con el fin de hacer la promesa de no volver a beber jamás y para que el Milagroso nos pudiera vincular a la universidad; este último propósito se logró, mas no el primero. Mi carrera alcohólica continuó al abrigo de los nuevos conocimientos humanísticos que adquiría, y al amparo de los nuevos socios y compañeros de farra que abundan en las universidades.

     Con la llegada a la universidad, continuó agudizándose cada dia más y más el problema de la bebida. Pese a mis promesas, a mis juramentos, a los consejos y recomendaciones de profesores, compañeros de estudio y parientes, y no obstante mis buenas intenciones y mis sinceros propósitos no hubo poder humano que lograra por aquella época que yo dejara de beber. En algunas oportunidades permanecía abstemio en forma forzada, y eso constituía para mí una amarga experiencia, porque luego se desataban unas interminables borracheras que traian aparejadas las más nefastas consecuencias. complejo de culpa, remordimientos, soledad absoluta, dolor físico y espiritual. Habla hecho su aparición la temible "laguna" y yo no encontraba forma de salir de ese terrible infierno, cada día causando más y más daño a mí mismo, a mis parientes, amigos, conocidos, en una forma a toda la sociedad.

     Logré terminar mis estudios universitarios y sin pena ni gloria o más bien con mucha pena y dolor por mi manera de beber me gradué de abogado. Me enganché en la carrera judicial, más con el propósito de conseguirme el etílico de cuenta del Estado que por sincera vocación. Como seria el desastre que al llegar al juzgado en un lejano pueblo, en donde por demas existen unas hermosas playas, lo primero que hice fue colocar un aviso bien grande y visible en la puerta de entrada al despacho en donde se leia: "Juzgado en Inventario"; el juez y su secretario estaban administrando justicia en los bares y cantinas de la población. ¡qué tremenda irresponsabilidad la de un alcohólics activo!, ello por poco y recién graduado casi me proporciona una sanción que me hubiera alejado totalmente de la profesión de abogado.

     Hube de renunciar en forma rápida y, apremiado por mi misera situación alcohólica, fui a parar en forma casi accidental al municipio del suroeste colonia de Ciudad Bolivar, en donde estuve durante cuatro años. Allí se desembocó en forma tan espantosa mi alcoholismo que en muchas oportunidades estuve a punto del suicidio, suicidio que se vela estimulado por la gran racha de ellos que se presentaban en este municipio. Pero el destino o la Divina Providencia le tienen deparado a sus seres las más grandes sorpresas, y a mí, en la etapa más grave de mi carrera alcohólica, me tenía previsto el que conociera o recibiera información sobre la existencia de Alcohólicos Anónimos. Esto ocurrió precisamente al observar a un compañero de farras que ya tenía como once meses sin ingerir una sola copa de alcohol, y fue un veintiséis de diciembre. Me debatia en un tremendo físico, moral y espiritual cuando recibi del amigo y hermano la noticia del Programa de Recuperación. Esta noticia se realizó a los noventa y seis dias de su recibo, pues concretamente, mi último aguardiente lo ingerl un treinta de marzo y el primero de abril de mil novecientos ochenta estaba haciendo mi ingreso a la primera reunión en un grupo de Alcohólicos Anónimos. Allí se verificó lo más grande y significativo que a mí me ha ocurrido en la vida.

     En primer término, debo decir que se operó el milagro de mi renacimiento y comencé a vivir y se verificó el milagro de desaparecer de mi mente la terrible obsesión por la bebida alcohólico. Sin proponérmelo, pues los desconocía en absoluto, di el Paso Uno, esto es, acepté sin reservas, sin condiciones, sin ningún tipo de duda mi condición de alcohólico; y algo más: deduje que mi alcoholismo es congénito o mejor que naci alcohólico, de lo cual nadie, ni yo menos, tiene la culpa. Seguidainente acepté, desde que escuché la oración de la Serenidad con que se abrió la reunion, que solo Dios, y sólo El, era el responsable de que yo asistiera a ella, y que me quedara hasta hoy en el programa, Paso Dos. Igualmente desde ese dia primero de abril de mil novecientos ochenta entregué mi ser, mi voluntad y toda mi existencia al cuidado de Dios, tal como yo Io concibo, Paso Tres. De ahí en adelante paré de contar, pues necesariamente considers que los demás Pasos se dan como el producto, la consecuencia lógica y razonable de esos primeros tres Pasos. En este plan nos encontramos en estos momentos viviendo la alegria que proporciona sentir en el alrna, en el espíritu, y en el cuerpo, los efluvios espirituales del programa de Alcohólicos Anónimos.

     Pienso, sin ningún temor a duda, que todo lo que soy, lo que he llegado a ser, mi recuperación en todos los órdenes se la debo a mi Poder Superior y por intermedio de El a Alcohólicos Anónimos. He podido recuperar mi amor a El, el reconocimiento de su grandeza y generosidad, mi propia estima y el respeto por los demos, la recuperación de mi hogar, de mi trabajo, de mi reintegro a la sociedad, en fin, en una palabra, todo se lo debo a mi Dios, tal como lo entiendo; de ahí que guarde infinito sentimiento de gratitud y reconocimiento a Alcohólicos Anónimos, a su programa de vida, y de ahí, mi gran responsabilidad para estar listo en todo momento a pasar el mensaje de la recuperation al hermano alcoholics activo que hoy, como yo ayer, se debate entre la vida y la muerte en el terrible infierno del alcoholismo. Gracias a mi Poder Superior puedo vivir al menos, un dia a la vez sin beber sólo por veinticuatro horas, y todo gracias al Programa de Recuperación que brinda Alcohólicos Anónimos.

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